ME ENAMORÉ DE MI MEJOR AMIGO
No me alejé porque dejé de quererlo. Me alejé porque seguir siendo su amiga me estaba rompiendo....
Esta no es la historia de alguien que no me quiso. Es la historia de alguien que me quiso mucho, pero nunca de la forma que yo necesitaba.
Hay personas que no llegan a tu vida para pasar un rato. Llegan, se acomodan sin permiso y, cuando te das cuenta, ya viven en una parte de ti que ni siquiera sabías que existía.
Él fue eso para mí.
No sé en qué momento dejó de ser solo mi amigo. No hubo una escena puntual, ni una canción sonando de fondo, ni un día exacto que pueda marcar en el calendario y decir: aquí empezó todo. Solo pasó. Entre conversaciones eternas, chistes que solo nosotros entendíamos, reclamos por no responder, audios larguísimos, confesiones a deshoras y esa costumbre tan peligrosa de sentir que alguien se había vuelto casa.
Se volvió mi persona.
Y creo que lo más triste de esta historia es que, durante mucho tiempo, yo también fui la suya. Solo que no de la misma forma.
Éramos demasiado cercanos para ser simples amigos
Nos decíamos que nos amábamos. Nos prometíamos no alejarnos. Yo le decía que nunca se fuera de mi lado y él me hacía sentir que tampoco quería irse del mío. Hablábamos de estar en la vida del otro siempre, de seguir siendo nosotros incluso cuando la universidad acabara, incluso cuando la vida cambiara, incluso cuando ya no nos viéramos todos los días.
Y yo le creía.
Le creía porque me parecía imposible que alguien pudiera decirte cosas tan grandes sin que significaran algo igual de grande. Le creía porque había ternura, preocupación, costumbre, necesidad, celos disfrazados de broma y una familiaridad que no se construye con cualquiera. Le creía porque cuando alguien te importa tanto, empiezas a llamar “amistad” a cosas que en el fondo se parecen demasiado al amor.
Pero tal vez ese fue mi error: creer que la profundidad siempre lleva al mismo lugar para dos personas.
Para mí, sí.
Para él, no.
Yo lo escuchaba hablar de otras mientras lo quería a él
Hay una tristeza particular en ser la persona a la que alguien acude para contarle sobre las personas que le gustan.
Yo lo escuchaba hablar de ellas. De sus dudas, de sus ilusiones, de si tal chica lo miraba distinto, de si debía buscarla o no, de si estaba confundido, de si podía lastimar a alguien. Y yo, con el corazón hecho un nudo, le respondía como amiga. Lo aconsejaba. Lo entendía. Lo ayudaba a ordenar lo que sentía por otras, mientras por dentro trataba de desordenarme lo menos posible por lo que yo sentía por él.
Qué raro es querer a alguien y volverte experta en aparentar que no.
Hacía bromas. Le seguía la corriente. Me burlaba. A veces soltaba frases que parecían celos, pero siempre cubiertas de humor para que no doliera tanto si nadie las tomaba en serio. Y nadie las tomó en serio. O tal vez él no quiso mirarlas demasiado.
Yo tampoco me atreví a ponerlas sobre la mesa.
Me conformé con ser indispensable en su vida, aunque no fuera la elegida en su corazón.
Me necesitaba, y yo confundí eso con que algún día me escogería
No quiero convertirlo en villano, porque no lo fue. Me quiso. Estoy segura de eso. Me quiso muchísimo. Pero querer no siempre es elegir.
Él me buscaba cuando estaba mal, cuando se sentía solo, cuando estaba decepcionado, cuando necesitaba desahogarse, cuando algo le pasaba y quería que yo fuera la primera en saberlo. Y yo estaba. Casi siempre estaba.
Había días en que eso me hacía sentir importante. Otros en los que me hacía sentir utilizada.
Porque cuando una persona ocupa tanto espacio en tu pecho, empiezas a esperar que también te haga espacio a ti. No solo cuando te necesita, sino también cuando tú necesitas ser mirada, cuidada, priorizada.
Y yo no siempre me sentí así.
Me cansé de estar disponible en una historia en la que, de alguna forma, siempre había alguien más ocupando el lugar que yo secretamente soñaba. Me cansé de ser el sitio al que volvía emocionalmente, pero no la persona a la que elegía románticamente. Me cansé de sentirme irremplazable en lo afectivo y reemplazable en todo lo demás.
Y aun así seguí. Porque lo amaba.
Siempre me gustó. Siempre.
Cuando por fin lo dije, me tembló el alma.
Le confesé que siempre me había gustado. Que no era algo reciente, ni una confusión pasajera, ni una tristeza mal interpretada. Era él. Había sido él durante mucho tiempo.
Y sentí que en esa sola frase se acomodaban años enteros de historia. De repente todo tenía explicación: por qué me dolían ciertas cosas, por qué me costaba escucharlo hablar de otras, por qué su presencia me importaba de una manera distinta, por qué me había quedado tanto tiempo esperando que tal vez un día me mirara con los ojos con los que yo lo veía.
Él dijo que no lo sabía.
Y yo no sé si creerle del todo o creer que simplemente uno a veces entiende tarde aquello que le convenía no entender antes. Pero lo cierto es que para entonces ya no importaba tanto. Porque yo no se lo estaba diciendo para empezar algo. Se lo estaba diciendo para explicar por qué ya no podía quedarme.
Había llegado demasiado tarde a mi propia confesión.
porque la gente se enamora de su amigo, debería de esa opción no existir
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